En Menorca hay un momento del año en el que empiezas a reconocer a todo el mundo por la calle.
Se van los últimos barcos, las terrazas recuperan sus mesas vacías y en el puerto vuelves a encontrarte con los de siempre. Alguien comenta que ya refresca, otro sigue bañándose en octubre y hay quien todavía no ha guardado la ropa de verano.
Entre tanto, los armarios también cambian.
Aparecen las primeras mangas largas, los jerséis que llevaban meses doblados y esa chaqueta que acabas dejando en cualquier silla. La ropa vuelve a tener capas, se mezcla con la de otras temporadas y recupera su lugar en los pequeños hábitos de cada día.
Porque la isla no desaparece cuando termina el verano. Simplemente vuelve a ser de quienes la viven todo el año.